¿Y quién educa a la persona? Del Liceo Naval a una deuda que lleva décadas esperando

*Mg. Alejandro Vélez Arana

Lo ocurrido recientemente en el Liceo Naval Almirante Guise, donde se investiga un presunto caso de violencia sexual contra un estudiante, debería obligarnos a mirar mucho más allá del hecho concreto. Las investigaciones determinarán responsabilidades; la Defensoría del Pueblo ya ha señalado la necesidad de garantizar atención integral al adolescente y revisar las medidas adoptadas por la institución para prevenir situaciones semejantes.

Pero sería un error pensar que estamos solamente ante “el problema de un colegio”.

Estamos ante una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué estamos entendiendo por educación?

En el año 2001 publiqué Educación Integral: una propuesta psicológica. Han transcurrido veinticinco años y resulta preocupante comprobar que varias de las preguntas planteadas entonces continúan absolutamente vigentes. El propio subtítulo del libro proponía formar una persona capaz de responder a las exigencias de la sociedad “sin llegar a deshumanizarse en el proceso”.

Un cuarto de siglo después seguimos hablando de calidad educativa como si educar fuera únicamente transmitir conocimientos.

Matemáticas, Lenguaje, Historia, Inglés, Tecnología, Notas, Exámenes, Ingresar a la universidad, Todo eso importa. PERO ESO NO ES TODA LA EDUCACIÓN.

Porque los colegios conviven hoy con bullying, ciberbullying, violencia física y psicológica, dificultades familiares, problemas de autoestima, ansiedad, aislamiento, conflictos de identidad, consumo problemático, conductas de riesgo y también conductas de autolesión entre adolescentes.

El Instituto Nacional de Salud Mental informó este año que la autolesión se encuentra entre los principales motivos de atención en población adolescente y que aproximadamente el 20 % de los menores atendidos por sus servicios de salud mental había presentado alguna conducta de daño deliberado.

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No estamos hablando, entonces, de situaciones “excepcionales”.

Estamos hablando de alumnos reales. Sentados todos los días en una carpeta.

Y resulta paradójico que precisamente el profesional cuya formación permite comprender, prevenir y gestionar gran parte de estas problemáticas —el psicólogo— continúe teniendo en muchos colegios una presencia que no corresponde a la magnitud de la tarea.

En Educación Integral ya planteaba que la participación del psicólogo no debía aparecer únicamente cuando surgiera “el problema”. Su trabajo debía formar parte de los pilares del sistema educativo, desarrollando acciones psicopedagógicas, de ajuste personal y social, orientación, investigación y trabajo con padres y comunidad.

El psicólogo no debería ser el profesional al que llaman cuando el incendio ya comenzó.

No es un bombero psicológico.

Su trabajo fundamental también es evitar que el incendio ocurra. Y no solamente con los alumnos, sino también con los padres de familia.

Hay padres que sienten haber cumplido porque proporcionan alimentación, vivienda, ropa, tecnología, vacaciones y pagan un buen colegio.

No se trata de buscar un culpable único; precisamente ese suele ser uno de nuestros grandes errores. Se trata de construir un sistema donde todos comprendan cuál es su función y la cumplan.

Hace veinticinco años escribía que al Estado peruano le correspondía educar teniendo en cuenta el “factor humano”, haciendo que la persona dejara de ser un simple registro estadístico para convertirse en aquello que siempre fue: una persona.

Hoy cambiaría muy poco esa frase.

Podemos tener pizarras digitales, inteligencia artificial, plataformas educativas, modernos laboratorios y programas bilingües.

Pero si no sabemos qué está sucediendo emocionalmente con el muchacho sentado frente a nosotros, quizá tengamos colegios más modernos. No necesariamente una mejor educación.

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Porque antes que alumno, estudiante, promedio, puesto o código de matrícula…

hay una persona.

* Psicólogo – Psicoterapeuta – Coach
Analista Transaccional Certificado
Máster en Comunicación Política

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