LOS PITUFOS AL PODER: Cuando las minorías terminan gobernando como si fueran mayorías

*Mg. Alejandro Vélez Arana

En el Perú de hoy se ha instalado una peligrosa ficción democrática: partidos y candidatos con niveles mínimos de representación terminan controlando el destino político del país como si expresaran una mayoría nacional. Lo más grave no es solamente quién gana una elección, sino el diseño del sistema que convierte pequeños porcentajes en enormes cuotas de poder.

La ex presidenta del Tribunal Constitucional, Marianella Ledesma, en una entrevista con el periodista Pedro Salinas, planteó una reflexión particularmente dura pero necesaria: el problema del Perú no estaría únicamente en el acto electoral en sí mismo, sino en la existencia de un posible “fraude sistémico”. Es decir, un diseño político y electoral que permite que fuerzas políticas pequeñas terminen convertidas artificialmente en enormes estructuras de poder.

Los números ayudan a comprender el fenómeno. En las elecciones del 2026, Fuerza Popular alcanzó aproximadamente el 17.18% de los votos válidos; mientras que Juntos por el Perú obtuvo cerca del 12.03%. Sin embargo, cuando se analiza la votación respecto al padrón total, las cifras cambian dramáticamente: la representatividad real baja aproximadamente al 10.53% y 7.38% respectivamente. Es decir, quienes aspiran a conducir el país no representan ni siquiera a una quinta parte de la población electoral.

La situación se vuelve todavía más inquietante cuando se observa el ausentismo. En el año 2006 este bordeaba el 16.11%; en el 2011 alcanzó el 16.29%; en el 2016 llegó al 18.26%; en el 2021 se disparó al 29.75%; y aunque en el 2026 descendió, continúa siendo extremadamente alto con un 26.11%. El dato revela algo profundo: millones de ciudadanos ya no creen que el sistema político los represente.

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Pero quizá el dato más demoledor sea el volumen de votos nulos, blancos y viciados, que en este 2026 alcanzó aproximadamente el 16.94% del electorado. La magnitud de esta cifra constituye una expresión silenciosa pero contundente de rechazo político. Dicho de otro modo: existe un “electorado invisible” mucho más grande que varias de las organizaciones políticas que hoy dominan el Congreso y disputan la presidencia. Es decir, entre personas que no acudieron a votar y quienes anularon, viciaron o dejaron en blanco su voto, suman aproximadamente el 43.05% del electorado.

Y, sin embargo, esa enorme masa de desencanto no tiene curules. No tiene voz parlamentaria. No ocupa escaños vacíos que simbolicen el rechazo ciudadano. El sistema simplemente redistribuye el poder entre quienes sí lograron una pequeña porción del voto válido. Así, partidos que representan porcentajes mínimos terminan convertidos en gigantes legislativos.

La fragmentación política tampoco parece accidental. Mientras más partidos participan, más se dispersa el voto y menor es el porcentaje necesario para pasar a segunda vuelta o alcanzar representación congresal significativa. En ese escenario, basta ser “el rey de los enanos” para controlar cuotas importantes de poder.

A ello se suma otro fenómeno preocupante: la eliminación progresiva de competidores políticos mediante inhabilitaciones, procesos judiciales, campañas de demolición mediática o intervenciones institucionales que terminan alterando el equilibrio democrático. El resultado es una cancha desigual donde algunos actores llegan debilitados antes incluso de empezar la competencia.

Por eso, el problema peruano ya no puede analizarse únicamente desde quién gana una elección. El verdadero debate es si el sistema sigue expresando la voluntad popular o solamente produce una representación estadística formal.

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La segunda vuelta presidencial del 2026 probablemente terminará entregando el poder a un candidato legítimo desde el punto de vista jurídico. Pero legitimidad legal no necesariamente significa legitimidad emocional, social o histórica. Quien llegue al poder tendrá un mandato constitucional; sin embargo, difícilmente podrá afirmar que representa el alma profunda del pueblo peruano.

Porque cuando el ausentismo crece, los votos nulos y viciados se disparan, y los ganadores apenas representan a una pequeña fracción del padrón electoral, lo que emerge no es una democracia sólida, sino una democracia exhausta.

Y quizá esa sea la mejor definición del momento político peruano: los pitufos han tomado el poder, pero el pueblo hace tiempo dejó de sentirse representado. Será que necesitamos un papá pitufo o tal vez un gargamel para que acabe con los pitufitos, …

* Psicólogo – Psicoterapeuta – Coach

Analista Transaccional Certificado

Especialista en Comportamiento y Desarrollo Organizacional

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