La devoción peruana cruzó fronteras y llegó al corazón del Vaticano. Por primera vez, la venerada imagen del Señor de los Milagros fue bendecida por el papa León XIV en la Plaza de San Pedro, en un acto que unió a miles de fieles de distintos países bajo un mismo sentimiento de fe y orgullo nacional.
La ceremonia litúrgica, celebrada en la Basílica de San Pedro, fue presidida por el cardenal Pedro Barreto y contó con la participación de hermandades del Cristo Morado provenientes de España, Francia, Estados Unidos y varios países de Sudamérica. Minutos antes del inicio de la misa, el Santo Padre se acercó al Cristo de Pachacamilla a bordo del papamóvil y, con la mano derecha, impartió la bendición pontifical, mientras los niños de la Filarmónica de la Escuela de Música de París interpretaban el emblemático tema “El Cóndor Pasa”, símbolo musical del Perú.
El músico limeño Sergio García, director de la escuela parisina, expresó su emoción ante RPP: “Hemos venido con 97 niños y sus padres, somos 300 personas que viajamos para participar en este evento cristiano en la Plaza de San Pedro”. Los pequeños músicos acompañaron con su talento la misa en honor al Cristo Moreno, representando a la comunidad peruana en Europa.
Horas antes, se vivió otro momento histórico: la primera procesión internacional del Señor de los Milagros en Roma, que recorrió la Via della Conciliazione hasta el Vaticano, organizada por hermandades de varios continentes. Esta iniciativa surgió un año atrás, durante una misa presidida por el entonces cardenal Robert Prevost y promovida por el embajador peruano ante la Santa Sede, Luis Chuquihuara.
El cardenal Barreto resaltó en su homilía “la relevancia histórica del Cristo Moreno como testimonio de fe de los más humildes”, mientras el embajador Chuquihuara destacó el papel del Señor de los Milagros en la construcción de la identidad peruana y el llamado del papa Francisco a la unidad nacional.
Esta celebración no solo reafirma la profunda religiosidad del pueblo peruano, sino que también consolida su presencia espiritual en el mundo, recordando que la fe y la cultura pueden unir naciones bajo un mismo símbolo de esperanza.





