Tras la captura de Nicolás Maduro y el colapso del chavismo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que su país administrará Venezuela de manera indefinida con el objetivo de garantizar una transición “segura, apropiada y legal”, asumiendo además el control del petróleo venezolano mientras se estabiliza la nación.
Desde Mar-a-Lago, Trump sostuvo que una administración estadounidense evitará que Venezuela repita los errores del pasado y permitirá recuperar su economía. En ese marco, adelantó que empresas petroleras de EE. UU. invertirán miles de millones de dólares para reconstruir la infraestructura energética, la cual calificó de “muy deteriorada”, y reactivar una industria que según dijo ha sido un fracaso prolongado con niveles de extracción mínimos.
El mandatario confirmó la conformación de un equipo especial para coordinar la transición, integrado por el vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio, el jefe del Pentágono Pete Hegseth y el asesor Stephen Miller. Pese a ello, Trump dejó claro que él tomará las decisiones finales sobre Venezuela. También afirmó que existe cooperación con la presidenta interina Delcy Rodríguez, a quien describió como comprometida con la supervivencia del país.
Rodríguez, sin embargo, fue enfática al señalar que “ningún agente externo gobierna Venezuela”, remarcando que su administración ejerce autoridad junto al pueblo. El contraste de posturas se produce mientras Washington presiona para que Caracas rompa lazos con China, Rusia, Irán y Cuba como condición para extraer y comercializar crudo, bajo el argumento de una crisis financiera inminente si no logra vender sus reservas.
En el frente político, Trump cerró la puerta a María Corina Machado a quien consideró sin el respaldo interno suficiente y reiteró exigencias de liberación de presos políticos y respeto a resultados electorales, planteadas por Edmundo González como base para la normalización democrática.
Este giro redefine el equilibrio geopolítico en la región y coloca al petróleo venezolano en el centro de una negociación de alto impacto. La forma en que se gestione la transición y la soberanía marcará no solo el futuro de Venezuela, sino también la estabilidad energética y política del continente.





